viernes, noviembre 09, 2007

El Amor en los Tiempos del Cine

Mi visión de El Amor en los Tiempos del Cólera

Por Luis Antonio Salazar Caraballo

Advertencia: en lo que sigue, encontrarás detalles de la trama y el argumento de una novela.

Era inevitable, la proximidad de un acontecimiento como la primera gran-producción basada en una novela de mi escritor favorito de todos los tiempos haría que recordara aquella pasión que sentí cuando la leí por primera vez.

Recuerdo que la devoré con las ansias de quien se sabe condenado a los amores contrariados: me comí cada uno de sus salmos, encerrado en el más absoluto de los embrujos de amor; sus palabras sabían a desesperanza tardía y retrataban una región y una época que aparece y desaparece de acuerdo con los deseos de los soñadores taciturnos del Caribe colombiano del que el autor es fiel representante. Recuerdo que estuve inquieto toda la semana, esperando el lanzamiento como he esperado todos los demás desde que descubrí aquella otra novela perfecta que es Cien Años de Soledad y todos los demás cuentos que desembocan irremediablemente en el Macondo que vimos nacer y morir durante más de un siglo bajo la mirada eterna de Úrsula Iguarán. Y por fin estaban allí, mucho antes de la era digital, la de hoy, las tapas amarillas, reverberando inexorablemente las mariposas de un Mauricio Babilonia de ficción que encontré de carne y hueso en un Florentino Ariza recuperado de las heridas de amor causadas por el realismo mágico de la soledad.

Entré a sus laberintos, inquieto y virgen otra vez. Mientras leía la novela, vi a Fermina Daza cuando “se quitó el anillo matrimonial y se lo puso al marido muerto” y le escuché decir “Nos veremos muy pronto”, sin saber ella que todavía tenía algo inconcluso en el mundo de los vivos. Y de pronto estaba él, “Florentino Ariza, invisible entre la muchedumbre […] convencido en la soledad de su alma de haber amado en silencio mucho más que nadie jamás en este mundo.” Lloré por Fermina el clamor de una muerte imbécil pero magistralmente relatada y la vi a través de los ojos del mismísimo Florentino “mirándolo (mirándome) a conciencia depurado por el olvido.” Ambos estaban más viejos que lo que yo estaré jamás pero en el fondo de mi alma sabía que había encontrado el significado del amor.

Expuesto inmisericorde al propio dolor del cólera morbo en el que transcurre la historia, me dejé llevar por el relator hasta ese primer encuentro de los dos, Fermina y Florentino, cuando “la niña levantó la vista para ver quién pasaba por la ventana, y esa mirada casual fue el origen de un cataclismo de amor que medio siglo después aún no había terminado”, un pasaje que me condujo inconsciente a aquellos tiempos de Cien Años de Soledad cuando un forastero que “Aparecía al amanecer del domingo, como un príncipe de cuento, en un caballo con estribos de plata y gualdrapas de terciopelo, y abandonaba el pueblo después de la misa” quiso conquistar a Remedios La Bella y que luego de una mañana de domingo en la que tuvo la desdichada fortuna de ver su rostro encantado, más por una maldición mortal que por un amor celestial, “se hizo vil y harapiento. […] Se volvió hombre de pleitos, pendenciero de cantina, y amaneció revolcado en sus propias excrecencias en la tienda de Catarino.” Entonces entendí que así eran los amores aciagos en la obra literaria del García Márquez de mi soledad y que así serían mis amores sin límite en este lado de la realidad.

Consumido por algún embrujo fecundo, me convertí en la propia miseria de Florentino y vi como “a Fermina Daza le bastó con ver la expresión de malicia radiante de la prima para que retoñara en la memoria de su corazón el olor pensativo de las gardenias blancas, antes de triturar el sello de lacre con los dientes y quedarse chapaleando hasta el amanecer en el pantano de lágrimas de los once telegramas desaforados.” Entonces supe que las palabras no sólo tenían significado sino que tenían olor y que una vez que exhalas su aliento pierdes sin remedio el rumbo de tu vida. Se me quedó grabado eternamente el “magnífico perfil de oropéndola más afilado que nunca contra el incendio del atardecer” de Fermina y viví con ella más de medio siglo de amor sin amar hasta que Florentino “le reiteró el juramento de fidelidad eterna y amor para siempre en su primera noche de viuda.”

No existía nada más en este mundo, excepto el recuerdo de mis propios amores frustrados. Clausuré el libro hasta la perpetuidad y lloré y recordé que en alguna parte había leído cuando el propio autor, escribiendo su obra magistral, había llorado luego de relatar la secuencia donde moría uno de sus personajes más glorificados, el coronel Aureliano Buendía. Para mí, la ciudad se volvió oscura y el desamor, el de verdad, subsistió durante más de medio siglo. Salí a las calles de un febrero bisiesto, a una realidad donde no había telégrafos para encontrar a la Fermina de mi amor. Era un mundo vacío y el planeta estaba baldío por una epidemia certera de desencanto. Entonces, sabiéndola congelada en esos viajes interminables a bordo del Nueva Fidelidad por el río Magdalena de mi devoción, me olvidé de Fermina Daza y decidí buscar a Hildebranda o a La Viuda de Nazaret, para que también me abriera el camino de los amores callejeros.

Enfrenté las asfixiantes conveniencias de un ciclo agonizante y las busqué en la calle de las amantes moribundas. Inocente, como Florentino, inicié mi vida de cazador solitario y escribí todos los versos de amor que le faltaron a él para conquistar el amor de su vida. Las busqué por separado, a Hildebranda, para que desahogara conmigo su propio amor contrariado, y a la Viuda, para enseñarle los enfoques del amor que había aprendido en la realidad estéril de la humanidad. Las busqué como reinas en los tableros de ajedrez de Jeremiah de Saint-Amour en cuyo estudio creí reconocer las facciones adolescentes de mi madre en una fotografía prehistórica y después entendí que era nada más y nada menos que mi propia abuela Dolores Isabel Caraballo durante una escena familiar tomada en uno de sus viajes de Lolita al lado de su hermana Edilma y de mi bisabuelo Benito, aturdidos seguramente por el destello de luz brillante y la nube de humo cáustico producidos por el detonador fotográfico de Jeremiah de Saint-Amour; indagué por ellas navegando en una Piragua cienaguera por los mismos puertos donde Florentino había perdido su virginidad, las pregunté en los meses de más calor, las reclamé en el canto de los gallos mientras tropezaba con una docena de mujeres intelectualoides que no eran más que niñas pueriles en cuerpos de Afrodita sacramental.

Entonces supe que la mía era la soledad más prostituida de todas, porque no sólo no me pertenecía sino que la compartía con los miles de Florentinos Arizas dispersos en un conjuro de amor que dura para siempre y se repite a través de todas las generaciones en un círculo infinito de esos que terminan donde comienza el dolor de las pajaritas que venden el peso de sus senos recién construidos al mejor postor de la noche.

Encontré a la Hildebranda sensual de mis sueños, reencarnada en alguien de su misma tierra, “grande y maciza, de piel dorada, pero todo el pelo de su cuerpo era de mulata” y la amé igual al calor de junio que en los vientos de agosto y en las lluvias de un octubre que duró mil años y en todas las posiciones de un Kamasutra recién inventado por los dos, en un artilugio semejante a una hamaca, donde las consecuencias del amor son tan prematuras como las madrugadas milenarias de la era del Señor. Amé su cuerpo hasta la asfixia de sus deseos y hasta que sufría plácidamente con mis caricias mágicas, no se resistió, en cambio, absorbió el poder de mi propio deseo, bebió de mí, robó mi esencia antes de que escribiera una balada con ella. Igual, le recité mis poemas por todos los rincones de su cuerpo y le desnudé grietas de amor que ella misma no sabía que tenía y nos morimos, y volvimos a nacer en medio de un orgasmo que se esparció soberbio hasta el fin de los tiempos.

Medellín, Colombia. 4 de noviembre de 2007.

Lucho.salazar@gmail.com